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Roberto Arlt, el escritor de la cultura porteña de la calle

Roberto Emilio Godofredo Arlt nació el 26 de abril de 1900. De padre prusiano y madre húngara, creció como porteño hecho y derecho en una casa en la que se hablaba solamente alemán. Fue un apasionado autodidacta que trasladó esa avidez, casi desesperada, hacia un estilo de redacción urgente y honestamente brutal que lo convirtieron en uno de los escritores argentinos más importantes e influyentes del siglo XX. Admirado y continuado por Cortázar, Piglia y Aira entre muchos otros, es una referencia insoslayable para cualquier escritor argentino. “El futuro es nuestro, por prepotencia de trabajo”, escribió en un profético prólogo a “Los Lanzallamas”.

Como tantos de sus colegas, partió del periodismo y se disparó hacia una obra literaria impar. De cronista policial en el diario Crítica, pasó a escribir sus célebres “aguafuertes porteñas” en el diario El Mundo. Allí trazó un cuadro de costumbres, hábitos, defectos y psicologías urbanas de la porteñidad, testimonios imprescindibles para entender la ciudad de los años 30 y 40, antes de la irrupción del peronismo. Son pinceladas de un impecable dibujo ciudadano que -con el paso del tiempo- también pueden ser vistas como un generoso borrador de sus grandes obras. 

Novelas como “El juguete rabioso” y “Los siete locos” fueron la cumbre de su estilo: sus personajes sueñan con el batacazo, el invento mágico que los salve, que los eleve por sobre su condición. Y él como escritor, hizo algo así. Esquivó las reglas del decoro y de las formas clásicas de construcción de un relato, incluso de la ortografía más elemental y, sin embargo, a fuerza de insistir, consiguió un estilo particular y reconocible por fuera de cierto canon literario impuesto desde la élite. Como tal, fundó la novela urbana en la región del Río de la Plata y fue un audaz creador de una lengua literaria sin solemnidades ni acartonamientos. 

 

Roberto Arlt, el escritor de la cultura porteña de la calle

Roberto Emilio Godofredo Arlt nació el 26 de abril de 1900. De padre prusiano y madre húngara, creció como porteño hecho y derecho en una casa en la que se hablaba solamente alemán. Fue un apasionado autodidacta que trasladó esa avidez, casi desesperada, hacia un estilo de redacción urgente y honestamente brutal que lo convirtieron en uno de los escritores argentinos más importantes e influyentes del siglo XX. Admirado y continuado por Cortázar, Piglia y Aira entre muchos otros, es una referencia insoslayable para cualquier escritor argentino. “El futuro es nuestro, por prepotencia de trabajo”, escribió en un profético prólogo a “Los Lanzallamas”.

Como tantos de sus colegas, partió del periodismo y se disparó hacia una obra literaria impar. De cronista policial en el diario Crítica, pasó a escribir sus célebres “aguafuertes porteñas” en el diario El Mundo. Allí trazó un cuadro de costumbres, hábitos, defectos y psicologías urbanas de la porteñidad, testimonios imprescindibles para entender la ciudad de los años 30 y 40, antes de la irrupción del peronismo. Son pinceladas de un impecable dibujo ciudadano que -con el paso del tiempo- también pueden ser vistas como un generoso borrador de sus grandes obras. 

Novelas como “El juguete rabioso” y “Los siete locos” fueron la cumbre de su estilo: sus personajes sueñan con el batacazo, el invento mágico que los salve, que los eleve por sobre su condición. Y él como escritor, hizo algo así. Esquivó las reglas del decoro y de las formas clásicas de construcción de un relato, incluso de la ortografía más elemental y, sin embargo, a fuerza de insistir, consiguió un estilo particular y reconocible por fuera de cierto canon literario impuesto desde la élite. Como tal, fundó la novela urbana en la región del Río de la Plata y fue un audaz creador de una lengua literaria sin solemnidades ni acartonamientos. 

 

Roberto Emilio Godofredo Arlt nació el 26 de abril de 1900. De padre prusiano y madre húngara, creció como porteño hecho y derecho en una casa en la que se hablaba solamente alemán. Fue un apasionado autodidacta que trasladó esa avidez, casi desesperada, hacia un estilo de redacción urgente y honestamente brutal que lo convirtieron en uno de los escritores argentinos más importantes e influyentes del siglo XX. Admirado y continuado por Cortázar, Piglia y Aira entre muchos otros, es una referencia insoslayable para cualquier escritor argentino. “El futuro es nuestro, por prepotencia de trabajo”, escribió en un profético prólogo a “Los Lanzallamas”.

Como tantos de sus colegas, partió del periodismo y se disparó hacia una obra literaria impar. De cronista policial en el diario Crítica, pasó a escribir sus célebres “aguafuertes porteñas” en el diario El Mundo. Allí trazó un cuadro de costumbres, hábitos, defectos y psicologías urbanas de la porteñidad, testimonios imprescindibles para entender la ciudad de los años 30 y 40, antes de la irrupción del peronismo. Son pinceladas de un impecable dibujo ciudadano que -con el paso del tiempo- también pueden ser vistas como un generoso borrador de sus grandes obras. 

Novelas como “El juguete rabioso” y “Los siete locos” fueron la cumbre de su estilo: sus personajes sueñan con el batacazo, el invento mágico que los salve, que los eleve por sobre su condición. Y él como escritor, hizo algo así. Esquivó las reglas del decoro y de las formas clásicas de construcción de un relato, incluso de la ortografía más elemental y, sin embargo, a fuerza de insistir, consiguió un estilo particular y reconocible por fuera de cierto canon literario impuesto desde la élite. Como tal, fundó la novela urbana en la región del Río de la Plata y fue un audaz creador de una lengua literaria sin solemnidades ni acartonamientos. 

 

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